Capítulo de ejemplo

16.   Hacer decisiones

En inglés, tomar una decisión se dice make a decision.

Para mí es un misterio insondable cómo se toman las decisiones; para ser más preciso: me refiero a mi asombro por la falta de lógica con que se toman muchas decisiones. De hecho, creo que deberíamos dejar de tomar decisiones para pasar a hacer decisiones, como sucede en la cultura anglosajona.[1]

En inglés se dice make a decision, mientras que en castellano se habla de “tomar una decisión”. A mí me parece que no es lo mismo. El significado básico de la voz tomar es coger o asir con la mano algo, pero otro de sus significados, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española es “elegir, entre varias cosas que se ofrecen al arbitrio, alguna de ellas”[2]. Y arbitrio es “voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito o capricho”[3]. Por tanto, desgraciadamente, tomamos decisiones; es decir, elegimos demasiado influenciados por pasiones, emociones, apetitos, caprichos, ideologías, en vez de construir decisiones, armarlas, que dirían en Sudamérica.

Hacer una decisión es un proceso, un trabajo, que debería tener las siguientes fases:

  1. Definir el motivo, por qué debemos hacer una decisión. Se trata de buscar las causas que justifican la necesidad de hacer una decisión. Definición del problema que hay que solucionar: dónde nos encontramos y a dónde deberíamos llegar.
  2. Relacionar todas las opciones que se nos presentan. Ventajas, inconvenientes y consecuencias de cada una de ellas, incluyendo la opción no hacer nada, que casi nunca es la correcta pero siempre debe contemplarse porque analizándola se deducen las consecuencias de no actuar. Es útil preparar una tabla comparando las distintas alternativas.
  3. Elegir la mejor opción.
  4. Ejecutar la decisión.
  5. Monitorizar los resultados. Ajustar la decisión en función de los resultados obtenidos.

 

Insisto en que las decisiones deben elaborarse a conciencia, aplicando la lógica, el análisis y el sentido común. Con conocimiento, que comprende el conocimiento intuitivo[4]. No es lo mismo la intuición que la precipitación.

Algunas de las dificultades a las que nos enfrentamos para cambiar o mejorar la toma de decisiones son:

  • El componente ideológico.
  • Las modas y el seguidismo, es decir, la tendencia a hacer lo que todo el mundo hace.
  • Las propuestas demasiado revolucionarias
  • El deseo de satisfacer a todo el mundo.
  • La mentalidad de siervo.

Cuántas decisiones están tomadas de antemano en función de la ideología de quienes deben hacerlas. Primero se decide y después se buscan argumentos para defender la posición. Recomiendo los libros de José Antonio Marina, porque primero investigan y después sacan conclusiones. Un ejemplo escandaloso es la necesaria reforma de la legislación laboral en España. Incapaces de definir un mercado laboral flexible, que, acorde con los tiempos, garantice la protección adecuada de los trabajadores sin destrozar a las empresas, no se modifica una legislación que resulta ineficiente y generadora de desempleo ni se sustituye por otra que sea favorecedora de la creación de empleo. El hecho es que se mantienen las bases ideológicas ancladas en los problemas y retos generados por la revolución industrial del siglo xix. La situación es de escándalo: ni tan siquiera se permite provisionar en la contabilidad las posibles indemnizaciones. Un ministro, cuyo nombre no quiero citar, incluso insinuó que no deberían ser un gasto deducible. Esta situación destroza a la pequeña empresa y a los autónomos con empleados, mientras que a los grandes oligopolios les va de cine.

No dejemos de analizar la realidad o la problemática a la que nos enfrentemos y deduzcamos nuestras propias conclusiones, contando con el asesoramiento adecuado. Cuánta gente defiende una postura absurda porque es la que defiende su partido, su supuesta ideología, su empresa, su jefe o su religión, sin tan siquiera haberse planteado la pregunta a la que se busca respuesta. A veces sucede que la postura no está contrastada, se supone que el jefe o los de la sede central quieren “eso”. Se toman decisiones en base a suposiciones.

Otro factor emocional es el miedo a ser distinto y no hacer lo mismo que hace todo el mundo. En tecnologías de la información es especialmente destacable este fenómeno. Por ejemplo, las grandes marcas tienen en España más cuota de mercado que en sus propios países de origen. Es más fácil justificar la apuesta por una marca muy conocida que no por otra con menos renombre, aunque sus soluciones sean manifiestamente mejores. Hay miedo a ser distinto, incluso cuando la distinción sea causada por la búsqueda de la excelencia.

Hay que tener mucho cuidado con las revoluciones, ya que siempre poseen un componente de caos y de desorden; por eso es conveniente evitarlas y adelantarse a ellas. El inmovilismo conduce a la revolución. La realidad enseña que los cambios excesivamente bruscos no son nada buenos, porque las cosas tienen que seguir funcionando: innovar o mejorar no significa romperlo todo. Siempre es mejor que algo funcione regular o a medias a que no funcione en absoluto. Provocar el caos nunca es bueno. Lo que hay que hacer es evolucionar. Romperlo todo es una tentación que debe vencerse. Hay que rechazar los planteamientos catastrofistas o categóricos que partan de que no funciona nada o que hay que cambiarlo todo.

Las decisiones tienen por encima de todo que ser acertadas. No podemos caer en la tentación de querer satisfacer a todas las partes afectadas. El consenso no siempre es posible y cuando no lo sea habrá que explicar y vender muy bien ciertas decisiones. Cuando hay que cambiar, siempre habrá quien se sienta damnificado, con razón o sin ella.

En Europa se vivió bajo regímenes feudales durante siglos y, posteriormente, algunos periodos más o menos prolongados bajo dictaduras feroces. La peor herencia de esos sistemas sociopolíticos es la condición de siervo, que se traduce en una actitud que todavía pervive. Es la herencia de un pasado que hay que superar. No se puede seguir adorando desmesuradamente al poder político o a las empresas con posición de dominio, muchas de las cuales no se lo han ganado, ya que provienen de antiguos monopolios. Hay una tendencia inalterada a considerar adecuado todo aquello que proviene del poder económico (posición de dominio del mercado) o del poder político y, por tanto, a rendirle obediencia ciega, como se hacía con el señor feudal.

Propongo que cambiemos de planteamiento, que dejemos de tomar decisiones y pasemos a hacer, construir o armar decisiones. La toma de una decisión es un proceso y debe aplicarse una metodología. Es imprescindible efectuar un análisis frío y desapasionado de los problemas a los que nos enfrentamos y plasmar el reto y las alternativas, incluyendo la de no hacer nada, y la solución por escrito.

Finalmente, no hay que olvidar que las decisiones no son eternas. Hay que adaptarlas al entorno cambiante, ajustarlas según convenga para que continúen siendo válidas.

[1]      Recurrir a la traducción literal o la comparación palabra por palabra entre lenguas no es correcto desde un punto de vista académico, pero me permito esta licencia ya que creo es una forma gráfica y contundente de explicar la importancia de este asunto. Cuántas veces he cometido el error de decir take a decision por traducir de corrido, en vez de make a decision. A ver si por fin se me queda. Para que nadie se lleve a engaño, mis notas en lengua y literatura siempre fueron muy justitas.
[2]      lema.rae.es/drae/?val=Tomar. El común de los mortales desconoce que según la RAE este verbo tiene 39 acepciones distintas y que es un verbo muy polisémico en español. La correctora de estilo me insiste en que, combinado con decisiones, expresa perfectamente la idea de reflexionar y decidir. Pero el análisis de la realidad me reafirma en que las decisiones hoy en día están poco meditadas, poco reflexionadas.
[3]      lema.rae.es/drae/?val=arbitrio
[4]      Para profundizar sobre este asunto puede leerse el libro de Malcolm Gladwell Inteligencia intuitiva. ¿Por qué sabemos la verdad en dos segundos?, Taurus, 2005.